En el complejo entramado de la mente humana, las interpretaciones personales de los eventos pueden ubicarnos en roles de víctima o verdugo. Ser una víctima implica sentirse impotente ante las circunstancias, percibiendo que las acciones de otros nos afectan negativamente sin nuestro consentimiento. Este estado mental puede llevar a la resignación y la pasividad, limitando nuestra capacidad para superar obstáculos. Por otro lado, adoptar el rol de verdugo en nuestra mente significa asumir que tenemos el control, pero desde una perspectiva de dominio y control sobre otros, lo que puede derivar en comportamientos autoritarios.
La diferencia fundamental entre ambos roles radica en la percepción del control personal y la responsabilidad. Mientras que la mentalidad de víctima puede paralizar, la de verdugo puede alienar. Sin embargo, trascender estos roles implica adoptar una mentalidad de responsabilidad personal, donde se reconoce el poder de elegir respuestas ante las circunstancias. Este enfoque promueve el crecimiento personal y el desarrollo de relaciones más saludables, basadas en el respeto y la empatía.